Un tormento del socialismo: el individuo

En las últimas semanas he visto con no poco regocijo, y una pizca de indignación, los regaños de Nicolás Maduro contra personas que llama “individualistas”. El reclamo de Maduro vino en un acto del Día del Trabajador, montado en una tarima, en respuesta a los gritos de algunos. “Me gustaría verlos personalmente para decirles cuatro cosas, porque ustedes no pueden ser individualistas en esta batalla que es de toda la patria”, gritó Maduro. Una ministra también regañó a los individualistas en su cuenta de Twitter, tildándolos de cortoplacistas, inmaduros e incultos por querer una salida rápida a los problemas económicos del país (o al menos eso entendí). El gobierno, dijo la ministra, quiere resolver los problemas pero a la gente le hace falta madurez. Como si la culpa de la enfermedad es del enfermo.

Esos regaños son una admisión del gran fracaso de la gestión socialista, y del socialismo, y de ahí la sonrisa que me causa escucharlos. El llamar individualista a quien hace un reclamo o una petición es admitir que este gobierno es incapaz de procesar las necesidades y problemas de los ciudadanos, aun cuando esa tarea es una de las principales razones de la existencia de los gobiernos democráticos.

La respuesta de Maduro puede muy bien ser parte de un delirio de grandeza, de alguien que se cree inmerso en una épica gesta forjadora y creadora de un inmortal proyecto colectivista, socialista y revolucionario (inserten ustedes más adjetivos rimbombantes y ridículos), y quien se atreva a distraer la atención del líder con semejantes pequeñeces tales como necesidades particulares y personales lo insulta por siquiera sugerir que desvíe sus esfuerzos de su gran labor. La gran víctima, el pobre servidor. No olvidemos que este es un Presidente de la República a quien le ha parecido necesario recalcar en varias oportunidades, en tono de reproche, molesto, que él trabaja bastante. Como si quisiera que se lo agradecieran, o lo felicitaran y le pusieran una estrellita en su cuaderno de tareas.

Puede ser también –y esto es más probable– un intento de mancillar, desprestigiar y callar a quien reclame, siendo el objetivo principalmente los partidarios del chavismo. Para los opositores ya sobran adjetivos para desestimar sus reclamos, la mayoría mucho más peyorativos. El de individualista busca anular desde la semilla cualquier queja desde el chavismo: “el solo hecho de que reclames es muestra de que sólo piensas en ti; los revolucionarios pensamos en la patria, en la revolución, no somos egoístas”. Es el reclamo convertido en un acto de traición.

Esto no es nuevo. Es otra versión del “¿Ustedes quieren patria, o papel toilet”?, la infame y graciosa reprimenda de Elías Jaua, que espero YouTube guarde para siempre como un regalo para futuras generaciones. Quieren esconder su fracaso detrás de nubes de ideas vacías que hablan del colectivo –la patria, el pueblo, el país potencia, la comuna– para tapar la realidad de que la calidad de vida es cada vez peor para los individuos contenidos en esos conceptos abstractos. Qué alguien me diga dónde está el pueblo, la patria, porque yo solo veo grupos de individuos que habitan dentro de unas líneas imaginarias sobre la tierra al norte de América del Sur, para quienes la vida empeora cada día.

El individuo es para el socialismo una insoportable molestia, un niño malcriado e impertinente que no duda en decirles a gritos a sus padres que la comida que le sirvieron sabe horrible, y no titubea al preguntar a desconocidos en la calle por qué son tan gordos. El socialismo no soporta al individuo, que con su mal hábito de existir y manifestarse deshonra con su egoísmo los esfuerzos de desinteresados líderes para construir el concepto colectivista de turno.

Pero el individuo es terco, existe y se manifiesta. Porque es un individuo el que se preocupa porque no consigue pañales para bebes ni adultos, a quien le sube la tensión pensando que no hay la medicina que necesita para la tensión, y son individuos los que componen todas y cada una de las colas que hay que hacer para conseguir comida. El gobierno quiere etiquetar a quien se atreva a quejarse del desastre que ha sembrado de individualista inconsciente y egoísta.

Por más que hablen de pueblo y patria, son individuos los que viven y malviven todas las penurias causadas por este gobierno, y esos individuos se molestan y reclaman. Porque ningún sistema político, llámese socialismo, comunismo o capitalismo, podrá acabar con un sentimiento tan humano y natural como es preocuparse por la vida propia y de los allegados. Es un sentimiento, en su núcleo, de supervivencia y no de egoísmo. Esos seres cuasi-míticos que solo se preocupan por el bienestar del colectivo y jamás por el propio no existen, y si existen, serán entonces lo que en la iglesia católica llaman santos. Pero la gran mayoría, en todas partes del mundo, no somos santos, sino individuos con vidas propias y cercanas, y tememos por su bienestar. Y si eso es ser individualista, entonces serlo es lo más lógico, natural y, sobre todo, humano.

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